jueves, 5 de diciembre de 2013

Willy Wonka y la Fábrica de Chocolate


Tengo que confesar que no llegué a la obra de Roald Dhal leyéndolo, sino a través de adaptaciones cinematográficas de sus historias. La primera fue la de Charlie y la fábrica de chocolate. Imaginen la escena: sesión de tarde, invierno. Finales de los años setenta. En mi casa, los fines de semana de mal tiempo eran días de hacer bizcochos y tartas de manzana, comprar castañas asadas y tomar posiciones en los sofás del cuarto de estar para devorar juntos cualquier película, eso sí, rezando para que no fuera algún dramón. Una de aquellas tardes pusieron Willy Wonka y la fábrica de chocolate, y todos nos quedamos impactados porque vimos reflejados en la pantalla nuestros sueños más locos e íntimos: un mundo hecho de chocolate y chucherías.

La primera semilla de ese sueño la había puesto la casita de chocolate de la bruja de Hansel y Gretel, pero en aquel cuento la casa de chocolate significaba peligro, pecado, crimen y castigo, y uno sabía, en el momento del cuento en que los niños encontraban la casa, que lo más sensato que podían hacer era salir corriendo. Willie Wonka no dejaba de ser un personaje excéntrico y cruel, pero sólo castigaba a los niños que nos resultaban antipáticos a los espectadores, y además, aquel mundo de chucherías era algo que nuestros protagonistas, y por extensión nosotros que nos metíamos de su mano en la película, podíamos ver y disfrutar. Nunca he vuelto a ver aquella adaptación, pero el recuerdo de aquel mundo comestible de colores chillones me sigue provocando placer.

Viviendo en Málaga, que quedaba lejos de Disneylandia, el sitio físico que más se aproximaba a la fábrica de Willy Wonka era Casa Blas. Casa Blas era un mayorista de chucherías que tenía el almacén en las callejuelas que iban de la calle Cisneros a la calle Compañía, en el entonces cada vez más silencioso y agonizante centro de la ciudad. Casa Blas no era el único almacén de esas características, pero sí el más famoso. Atravesar sus puertas era desvelar uno de los grandes misterios sobre los que discutíamos acaloradamente desde pequeños hermanos y primos después de una visita al quiosco de Miguel o al de María la del Ford, o al carrito de la Pestosa: ¿De dónde sacan las chucherías los que venden chucherías?

Miguel era un señor con mucha paciencia y un gran bigote gris que tenía su quiosco junto a la puerta del cine Lope de Vega, donde los niños de Pedregalejo nos tragamos en sesiones matinales  todas las obras maestras de Bud Spencer y Terence Hill (¿Cómo no íbamos a terminar siendo una generación perdida?).

Miguel tenía algo de Burt Reynolds envejecido, y lo queríamos porque nunca se impacientaba por nuestra tardanza en decidir en qué íbamos a invertir el tesoro de cinco pesetas con el que nos acercábamos a su templo junto al Arroyo de Los Galanes. En el lado contrario estaba María la del Ford. Nunca he sabido por qué tenía ese sobrenombre su quiosco, pero estaba situado estratégicamente junto a una parada de autobús, y era el que quedaba más cerca cuando íbamos al colegio, por lo que en esas ocasiones, si pillábamos algún duro para chuches, había que dejárselo a la fuerza a ella. Para enfrentarse a María la del Ford convenía tener muy claro lo que una quería. De lo contrario, en el primer titubeo aquella señora de pelo blanco chillón te arrancaba el duro de las manos y estrellaba contra el metal del mostrador un chupa-chups Kojac, un regaliz rojo y un chicle y pasaba a la siguiente víctima, quiero decir, cliente.

Pero la peor de todas era La Pestosa. Tampoco supe nunca el porqué del mote, pero mi padre aseguraba que cuando era niño, ya era vieja aquella mujer flaquísima cuyos vestidos de colores o el pelo teñido de castaño contrastaban con una voz chillona y quebrada de bruja y un humor de perros. El repertorio de chuches de La Pestosa difería del de otros quioscos porque el suyo no era un quiosco fijo, sino un carrito de chuches ambulante con una batea en la parte superior en la que se apilaban bolsas de chufas, altramuces, palomitas y pipas junto con un surtido de porquerías menos abundante que el de sus competidores. El carro de La Pestosa estaba pintado de verde, y solía acompañarla una muchacha un poco mayor que nosotros, callada, rubia y de ojos claros. Debía de ser su nieta, y su papel era ayudarla a empujar el carro, que, después de recorrer todo el barrio haciendo salir a los niños de detrás de todas las verjas y las ventanas, iba a posarse junto a la puerta del cine de verano Los Galanes, donde, oh, sí, cada verano daban reposiciones de westerns míticos como Murieron con las botas puestas, El Álamo o Un hombre llamado caballo.

Pues bien, el gran misterio de cómo conseguían La Pestosa, Miguel o María la del Ford la chuche quedó resuelto el día que mi padre me llevó con él a Casa Blas. Transitamos por las callejuelas que iban de la calle Cisneros a la calle Compañía, una zona del centro donde aún resistían almacenes de diverso uso, hasta llegar a uno que tenía en el frontal un letrero pintado en madera blanca que anunciaba: "Hijos de Blas Palomo, frutos secos y golosinas". El escaparate ya era un anuncio de lo que encontraríamos dentro, porque tras los cristales lucían enormes tarros de chupa-chups, bolas de chicle o frutos secos, pero cuando entramos, vi que las cajas de chucherías se apilaban en los estantes hasta tocar unos techos tan altos que a mí se me perdía la vista antes de llegar.

Casa Blas no era como esas tiendas chillonas que hay hoy en centros comerciales, estaciones y aeropuertos donde las chuches se exhiben por colores y todo se dispone según aconsejan los manuales de ventas. No. Era un almacén mayoristas con un mostrador de madera tan largo que se podían correr encima los cien metros lisos, con un personal adusto que vendía el último grito en piruletas como quien despacha tornillos en una ferretería. Profesionalidad y especialización. Allí también convenía saber lo que querías pedir, porque para bajar algunas de las cajas había que coger escaleras y no daban lo mismo las nubes lisas o las trenzadas.

Mi padre, que se había criado en una época, la postguerra, donde uno sólo veía caramelos el día de su cumpleaños o por Reyes, se volvía un niño igual que yo cuando traspasábamos las puertas de Casa Blas, aunque, manteniendo la compostura, solía comprar alguna caja de Napolitanas de Nestlé para regalar o para mantenerla bajo su supervisión en casa y otra de Huesitos, un invento reciente en aquellos años y, para mi gusto, la mejor barrita de chocolate española hasta el día de hoy. Los Huesitos valían entonces ocho pesetas en los quioscos, por lo que tener en casa una caja de 48 unidades era algo semejante a tener el tesoro de Tutankamón, no sólo por la sensación de abundancia, sino sobre todo por la maldición que caía sobre el hermano que rompiera la regla de oro de comer más de uno al día durante el tiempo en que hubieran existencias. Miguel, Cristi y yo nos vigilábamos estrechamente unos a otros para evitar que nadie cayera en la tentación de ir a la despensa fuera de turno. Confieso que en ese plano yo era la más peligrosa, ya que, mientras mis hermanos lograban dosificar los mordiscos para que la chocolatina durara horas y horas, yo era incapaz de comérmela en más de cuatro bocados, por supuesto seguidos. Y claro, llegaba el día en que la caja de Huesitos y el tarro de Napolitanas se agotaban, pero en el fondo era un final alegre, porque a partir de ese momento yo empezaba a contar el tiempo que faltaba para volver a Casa Blas.

Casa Blas cerró sus puertas un buen día, y el cartel de la fachada desapareció, condenando aquel almacén abandonado al olvido, como tantos sitios que me gustaban en la ciudad de mi infancia. En su lugar supongo que se abrieron naves de mayoristas de frutos secos y golosinas en polígonos industriales, con menos costes de suelo, y para la venta al público, poco a poco fueron surgiendo tiendas cursis con nombres como Antojos o Pompitas donde las chucherías te hieren la vista desde compartimentos de metacrilato y hay que cogerlas con pinzas, con cuidando de no pasarte para que el peso no se traduzca en un sablazo. No sé si los niños que entran en esas tiendas se preguntan de dónde sacan la chuchería. Yo, desde que vi el mostrador de Casa Blas, supe que la fábrica de chocolate de Willy Wonka tenía que estar en la trastienda.

La receta de hoy está dedicada a Roald Dhal, como no podía ser menos. Al final de su vida escribió, junto a su segunda esposa, Memories with Food at Gipsy House, un libro de relatos y recetas que se publicó en 1991, después de su muerte. Es uno de mis libros más codiciados, así que ya tienen una idea si me quieren hacer un regalo de Navidad.

Entretanto, les dejo esta receta que, aunque pasada de moda, para mí sigue siendo la mejor expresión del lujo del chocolate: la mousse. Era el postre que mi madre hacía para las grandes ocasiones y sólo escucharla anunciando que iba a hacerla nos aceleraba el corazón. Usaba una fórmula de mi tía Mariana, a la que le salía deliciosa, pero como las recetas escritas en cuartillas sueltas se perdían con facilidad, terminamos adoptando la del libro de Simone Ortega, aunque con pequeños cambios. Comida a hurtadillas directamente del bol con una cucharada sopera, la mousse de chocolate es pecado mortal, un pasaporte al infierno (¿O al cielo?)



Mousse de chocolate de toda la vida




Ingredientes (6 raciones):

150 gr de chocolate negro de buena calidad, mejor al 70% de cacao, aunque en mi niñez no había esas cosas.
3 cucharadas soperas de brandy
3 yemas de huevo
3 cucharadas soperas de azúcar molida
4 claras de huevo
75 gr de mantequilla
una pizquita de sal

Preparación

Empezamos derritiendo el chocolate al baño maría, dejando que se ablande sin removerlo mucho. Una vez derretido y algo templado, mezclamos con la mantequilla a punto de pomada. Es importante no calentar demasiado la mantequilla para que la mousse adquiera la textura perfecta. Reservamos. Batimos las yemas de huevo con el azúcar y las tres cucharadas soperas de brandy hasta que la mezcla claree y se vuelva espumosa y la incorporamos al chocolate. Terminamos montando las claras de huevo (importante, a temperatura ambiente) con una pizca de sal a punto de nieve y mezclándolas con mucha suavidad con la crema de chocolate, ayudándonos con una lengua de silicona y haciendo movimientos envolventes desde el fondo del cuenco hasta la superficie. Enfriamos.

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