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Imagen tomada de este blog |
Tengo una amiga valenciana que, como todos los valencianos, piensa que la paella es un plato sacrosanto con su mito, su rito, sus reglas y
sus ingredientes obligatorios y prohibidos. Mi amiga opina que todo lo que se salga de un arroz de La Albufera
cocinado en paella y preferiblemente sobre leña, en capa de no más de un
centímetro, con su correspondiente socarrat, azafrán auténtico y verduras que sólo crecen en Valencia
(la ferraúra, la judía tavella, el garrofón) no es una paella.
Pobre.
Blanca, que es como se llama mi amiga, concede que se le
pueda llamar 'arroz' a cualquier plato que parezca una vez servido un trampantojo de paella, esté bueno o malo. Pero nada más. Cuando quiera darle un susto le enviaré la receta de 'my favourite paella' que ofrece en su blog el famoso Jamie
Oliver. Será mucho mejor que presentarme en su casa vestida de zombi de The walking dead.
Me viene a la memoria Blanca y su ortodoxia con respecto al
arroz porque la paella (con perdón) es uno de los pocos platos que se le
resiste a mi madre. El motivo es que las esposas de antes aprendían a guisar sólo los
platos que les gustaban a sus maridos, y aunque a ella siempre le ha encantado,
a mi padre la paella no le gusta y no la hacía casi nunca, y cuando
lo intentaba, le quedaba demasiado caldosa, o demasiado seca, o se le pegaba el
arroz.
Mi tía Arora era cocinera en una guardería y hacía un arroz
amarillo (los niños llaman a las cosas por su nombre) tan rico
que muchos volvían por el colegio ya mayores sólo para decirle que
aquel sabor no se les había quitado nunca del paladar. Llevaba calamares y
pollo o carne de cerdo, y tenía un sabor exquisito. A pesar de que lo hacía en
grandes cantidades y en recipientes más hondos de lo canónico, el arroz siempre
quedaba suelto y jamás se pasaba. Como nos gustaba tanto, un día mi madre se
armó de valor y de armas secretas para hacer el arroz perfecto. Compró buenas
viandas, pasó de la olla exprés que alguna mala amiga le había recomendado y
que había convertido su último intento de paella en cemento armado, se hizo con
una de esas sartenes de hierro negras de fondo amplio que en Andalucía nos encantan, y compró (¡Tachán!) un
arroz integral de herboristería dejándose llevar por el consejo de una compañera de trabajo que practicaba la macrobiótica.
-Ese arroz no se pasa, le había dicho la compañera.
Anotó la receta de mi tía Arora y la desplegó junto a la hornilla para seguir los pasos punto por punto con la misma atención y cuidado que alguien que estuviera leyendo las instrucciones de cómo transportar un bote de nitroglicerina conduciendo por una carretera con baches. Se santiguó y se lanzó a la aventura.
-Ese arroz no se pasa, le había dicho la compañera.
Anotó la receta de mi tía Arora y la desplegó junto a la hornilla para seguir los pasos punto por punto con la misma atención y cuidado que alguien que estuviera leyendo las instrucciones de cómo transportar un bote de nitroglicerina conduciendo por una carretera con baches. Se santiguó y se lanzó a la aventura.
La casa olía a gloria, y cada tres
minutos, alguno de los niños asomábamos la nariz para olfatear el refrito, y se nos
hacía la boca agua ante los trozos de pollo, los calamares y el caldo dorado.
Mi madre nos espantaba como si fuéramos moscas.
-¡Aquí no quiero ver a nadie, que me rompéis la
concentración!
Llegó el momento de echar el arroz. Pusimos la mesa, cogimos
un periódico antiguo para el momento del reposo, y nos sentamos con los
cuchillos y los tenedores en alto, los niños cantando a coro “¡Pa-e-lla, pa-e-lla,
pa-e-lla!” y mi padre con la servilleta sobre las rodillas y su mejor cara de
resignación, porque a él aquel plato no le decía nada, según trataba de
explicar sobre nuestros chillidos.
Terminó, supuestamente, el momento de la cocción del arroz, y
mi madre puso la sartén sobre la mesa, la cubrió con las hojas de periódico y nos dispusimos a contar los cinco minutos de reposo.
Pasó el tiempo. Mi madre levantó el papel de
periódico, probó unos granos de arroz, maldijo en voz baja, calentó más caldo,
volvió a poner la sartén al fuego, añadió el caldo, miró el reloj y volvió a
poner el arroz en el fuego. Cuando el caldo extra quedó absorbido, la paella
volvió a la mesa cogimos hojas de periódico nuevas, tapamos y esperamos.
Nuestros grititos entusiastas empezaron a molestar al hermano de al lado.
-¡Me
has dado con el codo!
-¡No me chilles en el oído!
-¡Eres tonto!
-¡Tú sí que eres
tonta!
Mi padre repartía el pan de la panera intentando combatir los efectos belicosos del
bajón glucémico de la chiquillada y trataba de no hacer comentarios para no echar leña al fuego de la frustración de la cocinera. Cuando pasaron los enésimos cinco minutos de reposo tras la enésima adición de caldo extra, mi madre
volvió a levantar el papel de periódico y cogió unos granos que se llevó a la
boca como si en realidad estuviera tratando de inventar el grano de arroz.
Nada.
Nada.
A las cuatro y media de la tarde, mi madre lloraba
desconsolada sobre un montón de papeles de periódico, y el dichoso arroz seguía duro. Aunque aborrece el arroz y no lo soporta cuando está entero, mi padre sirvió los platos y se comió él mismo uno enterito, haciéndonos señales de permanecer callados
como muertos. Mi madre se negó a probarlo, y el arroz integral de herboristería no volvió a entrar en la casa, a pesar de que la compañera de trabajo que se lo había recomendado a mi madre juraba y perjuraba que después de par de horas de cocción quedaba una paella estupenda y sanísima.
Desde aquel incidente mi madre no ha vuelto a intentar hacer paella. Prefiere hacer arroz caldoso o cazuela, que por cierto le sale de maravilla, pero
para mi consternación, últimamente le ha dado por ponerle arroz vaporizado,
porque dice que de ese modo podemos tardar la eternidad que queramos en llegar a su casa cuando comemos allí y el grano no se pasará.
El ser humano es el único animal que tropieza dos
veces con la misma piedra.
La receta de hoy no podía ser más que una. Arroz con calamares y gambas hecho en paella. Se lo dedico al gran Jordi Ruestes, de cuyas legendarias paellas de Navidad en Villa San Joaquín hablaré otro día.
Arroz con calamares y gambas
Ingredientes (6 personas):
500 gr de calamares.
300 gr de gambas frescas.
1 cabeza de ajos.
2 ñoras.
2-3 tomates muy maduros y rojos.
1 cucharada de pimentón dulce.
600 gr de arroz bomba
El doble del volumen de arroz en fumé de pescado
Aceite de oliva virgen extra
Sal
Ali-oli:
250 ml de aceite de oliva virgen extra (arbequina, verdial, manzanilla... variedades suaves)
1-2 diente de ajo
1 manojito de perejil
1 huevo
Sal